miércoles, 31 de diciembre de 2025

Las buenas historias


Todos necesitamos una buena historia.

Todos queremos vivir una buena historia.

Todos y cada uno de nosotros, en algún momento de nuestra vida, creemos que lo que nos pasa es especial, nos hace especiales de alguna caprichosa manera o nos eleva por encima de lo que no nos pertenece. La realidad es que en la mayor parte de ocasiones el espacio que va de lo que anhelamos a lo que vivimos es precisamente el territorio conquistado por las expectativas: lo que queremos que pase y sea frente a lo que realmente pasa y es.

Si algo he aprendido este año, o en los últimos años, es a valorar el «cómo» por encima del «qué» y el «por qué». Nunca creí tener todo bajo control, ni mucho menos un plan trazado, pero sí que al menos contaba con una reserva de certezas que me hacían avanzar hacia adelante sin titubear –o, aún haciéndolo, sin permitirme conceder demasiado margen al desaliento–.

Cuando las certezas fallan normalmente los planes se truncan, y resulta agotador perseguir constantemente explicaciones por las que las cosas suceden, especialmente si no está ya en nuestra mano hacer algo por cambiar su devenir o, directamente, son ajenas a nuestro poder de influencia o decisión.

¿Y qué nos queda? Quedamos nosotros. Nosotros y lo que somos.

Los que siempre fuimos y lo que hemos ido recogiendo, aprendiendo, mejorando por el camino.

Nosotros y todo aquello que siempre estuvo.

Somos el poder de nuestras convicciones y nuestras elecciones, pero también en ocasiones el resultado de las decisiones que otros toman por nosotros. ¿Pero sabes qué? Que ninguna decisión tomada por alguien distinto a ti mismo puede disfrutar del privilegio de hacer de ti algo que tú no eres, no quieres o no estás dispuesto a ser. Por supuesto que hay peajes que pagar, dolor que reconciliar, daño que cuantificar, decepciones que aceptar... pero cuando todo esté dicho y hecho, al final de todas las cosas, será lo que hagamos con lo que pase, con lo que nos pase, lo que definirá qué, quién y cómo somos... Cómo recibimos el golpe, lo asimilamos y respondemos –o nos sobreponemos– a él.

Como seres humanos que somos ahondamos con una tozudez casi irracional en la profundidad de nuestra comodidad hasta casi darnos de bruces con el suelo cuando nos la quitan sin preaviso. Y entonces nos vemos perdidos porque sobre esa comodidad caduca estiramos una alfombra tapizada con todos los motivos de nuestros deseos y nuestra voluntad, despreciando mirar hacia afuera en busca de inspiración, de un soplo de aire fresco, de una perspectiva diferente... para ver, respirar y vivir.

Los planes trazados nos abocan a recorrer lugares comunes, una y otra vez. Esto en sí no es algo malo: simplemente corremos el riesgo de olvidarnos de descubrir; descubrir y maravillarnos ante la belleza de las pequeñas cosas y el resplandor de las nuevas oportunidades que, como fugaces amaneceres, brillan ante nuestros ojos durante un segundo antes de desvanecerse del mundo como si nunca hubieran existido. El riesgo, al fin y al cabo, de perdernos incluso en esos rincones cuando, de repente, nos obligan a quedarnos solos.

He ahí donde reside el secreto de tan esquiva virtud: ante la tentación de la quietud, el orden, la zozobra y la monotonía, debemos tratar de encontrarnos en los lugares comunes, propios y extraños, portando la llama de una esperanza que jamás debe morir mientras seamos fieles y leales a nosotros mismos. Mientras aceptemos nuestras contradicciones, toleremos y perdonemos nuestras faltas y nos tratemos con sentido y sensibilidad, respeto, cuidado y responsabilidad. A nosotros y a quienes decidan compartir su tiempo con nosotros.

Porque, joder, es muy complicado esto de vivir con uno mismo, así que qué menos que hacerlo desde la benevolencia hacia lo que somos y lo que nos pasa –especialmente cuando nos convertimos por castigo en sujeto paciente de alguno de los episodios más sombríos y difíciles de nuestra vida–. Más aún cuando esto nos lleva a sentir que el reloj aprieta el paso y nos empuja a alcanzar más apresuradamente una meta que en realidad ya no nos pertenece: no en este tiempo, no en este momento, no así, no aquí y ahora.

Y está bien. No pasa nada. No siempre es necesario tener un objetivo delante ni proyectar casi desde la desesperación aquello que ha de suceder después; a veces sólo estar, respirar y sentirte en paz es la mejor manera de reconocer que estás en el sendero correcto.

Hic et nunc.

Es todo lo que importa, porque en muchos momentos anteriores pareció que ni eso fuese así.

Otras veces, el mero hecho de parar, mirar alrededor, reconocer los viejos rincones (y reconocerte en ellos) desde el sosiego que confiere la calma de estar presente es la prueba más clara y sana de que todo irá bien.

Todo irá bien, y todo llegará cuando las circunstancias sean propicias y estemos preparados.

Por ahora, estamos vivos. No sólo vivos: llenos de vida.

De ilusiones dormidas y de anhelos insatisfechos y largo tiempo anestesiados.

Quién sabe, además, si en alguno de esos rincones conocidos donde no solíamos mirar brotará una flor para enseñarnos que, a veces, un final no es sino la oportunidad de escribir un nuevo comienzo.

Porque la vida va de eso: de buscar chispazos de luz en mitad de la oscuridad; de regalarte momentos y recuerdos de los que jamás te imaginaste ser protagonista; de encontrarte sin querer con una mirada que resulta a la vez familiar e inesperada y una sonrisa temerosa que se tropieza al salir por entre las rendijas de unos labios en los que no te importaría perderte.

Porque a veces no reside en nosotros la capacidad de elegir lo que nos pasa, pero sí la de qué hacer con lo que sucede después y con todo el tiempo que se nos ha dado a partir de ese instante. Tiempo que es, por encima de todo, profunda e ineludiblemente nuestro.

Porque las buenas historias están llenas de oscuridad y de constantes peligros. Esas de las que no quieres saber el final, porque ¿cómo van a acabar bien? ¿Cómo volverá el mundo a ser lo que era después de tanta maldad como ha sufrido? Pero al final, todo es pasajero. Como esta sombra, incluso la oscuridad se acaba, para dar paso a un nuevo día. Y cuando el sol brilla, brilla más radiante aún. Esas son las historias que llenan el corazón, porque tienen mucho sentido, aun cuando eres demasiado pequeño para entenderlas. Los protagonistas de esas historias se rendirían si quisieran. Pero no lo hacen: siguen adelante, porque todos luchan por algo.

Si algo he aprendido este año es que nada será ya capaz de hacerme dejar de creer en el poder de las buenas historias.

Porque siempre lucharé por algo.

Porque siempre habrá algo por lo que merezca la pena luchar.

sábado, 11 de octubre de 2025

El viaje: parte I

El viaje, parte I

La ciudad

  

 Hace 10 años escribí estas líneas:

“She’s a stubborn mistress (…) a hard city to leave.”
Ha sido breve, pero ha sido bueno. Cuando quieras disfrutar de algo en la vida hazlo al máximo, poniendo todo lo que tienes dentro de ti. Pero recuerda que, bajo ningún concepto, debes disfrutarlo todo. La razón, aunque parezca mentira, es simple y sencilla: no disfrutes de todo, deja algo atrás y déjalo atrás siendo consciente de ello, porque sólo así tendrás un motivo inolvidable para regresar. Y cuando vuelvas, volverás a disfrutar como el primer día porque junto con lo que ya conoces habrá todavía algo nuevo, diferente y emocionante esperando para sorprenderte. Ojalá sea pronto, porque sé que vamos a volver a vernos.

No creo que diez años pueda considerarse «pronto», pero henos aquí haciendo honor a aquellas palabras y manteniendo vigente aquel sentimiento. Diez años más tarde me reencuentro con los recuerdos que me llevé conmigo entonces y descubro los que tengo la infinita fortuna de poder seguir construyendo por primera vez.

Me atrevería a decir que hay dos temas recurrentes en esta cabeza mía que rara vez descansa, que se alían para compartir un común poso que se debate en ser algo que se parece a lo que va de la melancolía a la nostalgia: una es el paso inexorable del tiempo, la vida y los momentos que no vuelven; la otra es la angustia por pensar que al crecer y madurar y cambiar y dejar de ser para ser otras cosas perdemos poco a poco la capacidad para sorprendernos y maravillarnos ante lo que vemos y nos pasa, ante lo que es y supone vivir.

Hay una canción que asocio indeleblemente a esta ciudad que dice:

Will we ever get away from this place?
It's an image that's burned on my chest


Hay algo de mágico y magnético en su perfil recortado en el horizonte, en su espíritu ingobernable y en su energía siempre latente: me cautivó cuando nos conocimos y ahora, muchos años más tarde, habiendo cambiado ella y habiendo cambiado yo, nos hemos vuelto a encontrar, y siento que tal vez una parte de mí no se fue nunca de aquí. Pero también he vuelto a sentir que mientras caminaba y recorría viejos y nuevos rincones de la ciudad de techos infinitos descubría sensaciones y emociones que no existían, y que no me pertenecían hasta hacerlas mías en ese instante.

O tal vez sí, y simplemente se trata de renovar las promesas que un día nos hicimos a nosotros mismos. Sea como fuere, lo que veo ahora son imágenes nuevas para unos ojos que contemplan el mundo de una manera diferente diez años más tarde, y cuyos recuerdos son fotografías cuidadosamente guardadas en el álbum de la memoria.

El tiempo, y la vida con él, pasa y no vuelve. Pero yo he vuelto a esta ciudad, y al partir le repito (y me repito) lo mismo que le dije entonces: que sé con total certeza que nos vamos a volver, otra vez, a ver. 

lunes, 30 de junio de 2025

El verano de los años

Algo tiene el verano que al pronunciar su nombre es como si el aire se llenase de una mística especial que renovase la promesa de vivir una época incomparable.

No sé qué es lo que hace el verano con la vida y con la gente pero nos llena y nos empuja a florecer, nos arrastra afuera, a poblar las terrazas y los parques.


Nos precipita hacia ese primer trago de cerveza helada que refuerza la idea de que el verano se parece a la vida, y la vida es precisamente la libertad que se paladea en ese efímero instante.


El verano era aquello que pasaba cuando el tiempo formaba parte de lo incontable; cuando todo sucedía en la calle, cuando la distancia se medía en pedaladas de bicicleta y los días se contaban en helados al sol, en piedras sobre las que saltar para poder cruzar al otro lado del río y en olas rompiendo en el mar mientras alguien muy querido te arropaba con una toalla en la arena.


El verano fue siempre un síntoma de esperanza, de que algo mejor, más grande e inolvidable estaba por venir para hacer empequeñecer al anterior.


Me pregunto en qué momento el verano dejó de ser lo que una vez fue; tal vez sea el hecho de que ya no tengo bicicleta, que los días se cuentan cada vez más con los dedos y menos con el corazón o que, simplemente, se cansó de intentar superarse a sí mismo.


Pero si hay algo que el tiempo no ha conseguido arrebatarle es el embriagador perfume de la brisa mientras cae la luz roja, naranja y amarilla con la que viste el mundo durante todas y cada una de sus tardes y noches infinitas.


Y mientras así sea, nos resultará muy difícil no soñar con renovar nuestra promesa, aunque nos sorprenda un poco menos niños, un poco menos libres, o ingenuos, un poco más solos y, quizá también, un poco menos felices.


Pero nos sorprenderá, a pesar de todo, siempre que le concedamos el permiso para hacerlo. Un año, y otro después del anterior. Porque el verano siempre tiene el poder de hacer algo especial con el aire y con la esperanza.





miércoles, 16 de abril de 2025

Las cosas que perdemos


Tendemos a pensar que «todo pasa por algo», como si ese determinismo nos permitiese eludir la responsabilidad de aceptar que lo que sucede ha de ser así porque sí, sin más, como un caprichoso vaivén del azar. Sin motivo que lo justifique.

Como si lo que hacemos, o dejamos de hacer, no tuviese influencia directa en lo que nos pasa.

Pero hay veces que las cosas pasan aún a pesar de nosotros, por muy grandes que sean nuestras ganas o intensa nuestra convicción. Porque la vida, como buena y sabia maestra, tiene sus propios planes, sus leyes y normas y sus giros de guion inesperados. Y en ocasiones prescinde de compartir sus razones.

Esto del vivir no es más que una lucha por descifrar el código de lo que significa ganar. Un pulso a ciegas a la esperanza donde las certezas son poco más que un lujo escaso; algo así como un recordatorio constante de que junto al camino, no debes entonar jamás el «no puedo más y aquí me quedo».

Y mientras no resuelves ese enigma, porque no sabes o porque no puedes, vas cediendo tiempo y espacio a la pérdida, a la tristeza y a la soledad.

Perdemos por cobardía.

Por falta de empatía, o de amor, o de sensibilidad. O una mezcla de las tres.

Por no saber escuchar; por no saber respetar.

Perdemos por no estar preparados, o tal vez por no saber estarlo.

Por el peso de las expectativas.

Por las dudas. Por el miedo.

Por no atrevernos.

Por no saber.

Por no querer.

Por no abrirte, o por hacerlo demasiado.

Por torpeza. Por prudencia.

Por inseguridad. Por timidez.

Por recelo.

Por falta de cuidado, o de atención.

Por orgullo.

Porque no era el momento.

O, simplemente, porque sí. Porque las cosas pasan a pesar de nosotros. Porque a veces, simplemente, la ilusión no es suficiente. Porque arriesgarse no es garantía de que el pie que pongas delante del anterior no va a encontrar aire debajo. Porque el deseo es un anhelo impregnado de voluntad: un frágil intento por aferrarte a algo que no conoces, pero que has aprendido a identificar como un lugar en el que quizá merezca la pena quedarse.

Porque soñar resulta demasiado fácil cuando crees que puedes ser feliz.

Nuestras heridas son la herencia de las cosas que perdemos; de los recuerdos, perennes o efímeros, en la piel de nuestra memoria. De las expectativas rotas. Del mundo que quedó por descubrir; de las palabras que se quedaron por decir, de un abrazo robado o una mirada temerosa y furtiva. De las promesas de los días no vividos.

Mientras esto siga así, seguiremos acumulándolas porque no siempre ha de haber una razón por la que sucede (o no) algo, y el orden del mundo puede sacudirse sin preaviso, como una flor que se marchita de repente en la plenitud de la primavera. Hay preguntas que nunca hallarán su respuesta.

Las cosas que perdemos son aquellas que un día fueron o que pudieron llegar a ser. Aquellas con las que fantaseamos; a las que les colgamos la etiqueta de «ojalá». Las cosas a las que les concedimos el derecho y el permiso de hacernos sentir.

Sentir libres.

Vivos.

Las cosas que perdemos… son atardeceres en un cielo por el que un día soñamos volar.