jueves, 2 de abril de 2026

Las cuatro estaciones

Levantar la mirada al cielo siempre ha sido un gesto casi instintivo al que recurro para buscar algo ahí arriba, afuera y lejos, que me sirva al mismo tiempo de vía de escape y lugar de refugio: un intento en ocasiones desesperado, en otras lleno de determinación, por encontrar respuestas, hallar oxígeno cuando las fuerzas flaquean y reconciliarme con lo que pasa aquí abajo cuando las cosas se escapan de mi control o cuando, simplemente, todo pesa y se hace un poco más difícil. 


¿Se puede, acaso, encontrar dirección y significado al contemplar un atardecer?


El cielo de cada estación es diferente, su brillo, su luz; el color del mundo cambia y el aire adquiere su perfume particular e incomparable. Cada estación trae consigo una suerte de emociones y sensaciones tan únicas que nos sirven de eje de coordenadas y mapa con el que orientarnos en el camino de todos los días, año tras año. Nos conceden equilibrio, orden, sentido; nos brindan pausa y ajetreo, contrastes, un sinfín de oportunidades para descubrir y maravillarse o para dejar atrás y renovarse.


Las estaciones nos transportan a esos días de ponerse jerséis de lana y bufandas al cuello mientras buscamos la cercanía de unos brazos familiares para resguardarnos del frío, conforme la luz languidece y las tardes se tornan fugaces y las noches eternas. El viento y la lluvia nos empujan hacia el interior de los lugares que habitamos y de nosotros mismos; el frío nos intenta encoger pero nosotros nos empeñamos en mantener y acumular el calor en nuestras manos abrazando una taza de café, o tal vez de chocolate, en mitad de una conversación inolvidable.


Combatimos la monotonía con el dulzor del tiempo compartido y, entre tanto, las hojas secas se dejan caer desnudando las ramas por entre las cuales se desliza sin remedio la mortecina luz de las mañanas soleadas de un invierno que llega de repente, que te sorprende igual que el vaho que sale de tus pulmones, y que a veces te hace dudar de cuánto ha venido para quedarse. Al amor de la lumbre nos perdemos, y ensimismados con el crepitar de las llamas nos percatamos de que de todas las certezas que tenemos, quizá la más grande sea la de saber que la luz acabará por ganar a la oscuridad tarde o temprano y, tal vez antes de que te des cuenta, empezarás a sentir que el mundo se despereza y los cerezos y los almendros tiñen de color las calles y los campos que hasta hace no mucho se mostraban ante ti apáticos e intrascendentes. Y así será como el día le ganará el pulso a la noche y la vida se abrirá paso para colorear el mundo con sus mil tonos y matices. La piel volverá a respirar libre y lucharemos con juvenil rebeldía por recuperar el frescor de las sonrisas y la valentía de permitir que una melena y un vestido dancen juntos sin pudor alguno al son de una brisa juguetona, cálida e irreverente.


El mejor refresco será huir en busca del mar y el mayor antídoto contra la inmediatez será ese sorbo helado de un vaso amigo que flirteará con prometerte que un instante durará para siempre. Lo pesado se convertirá en liviano; bailaremos a la luz de una luna de verano como si la vida fuese un poco más fácil, un poco menos caprichosa e infinitamente más valiosa. Y, por qué no, feliz. Y cuando todo pase, y los atardeceres dorados empiecen poco a poco a perder su lustre y comencemos a sentir que ya no somos los de unos meses antes, que es hora de emprender el camino de regreso hacia dentro de nosotros mismos, el cielo reanudará su periplo para recuperar sus viejos tonos de gris y comenzará un nuevo ciclo sin solución alguna de continuidad, sin resistencia posible.


Volver a empezar.


Todo pasa, y todo queda… y regresa y se vuelve a ir… a ir para volver, una y otra vez. Por eso sé que el mundo cambia en cada una de las cuatro estaciones, y yo cambio con él. En esta suerte de ciclo infinito de renovación constante es donde debemos tratar de encontrar el escurridizo equilibrio, casi imposible, entre pausa y movimiento: lo que somos y nunca debemos dejar de ser frente a lo que hemos de dejar atrás, como una muda invernal, como esa capa protectora que ya no nos pertenece.


Sé que necesito salir y dejar ir una parte de mí. Necesito sentir que la vida pugna por hacerse camino a través de las grietas creadas por el hábito, el temor, el letargo y la nostalgia; quiero hacer con mi vida lo que la primavera hace con las flores, para que el retrogusto de la melancolía, acompañante siempre presente, resulte un poco menos amargo y un poco menos tangible.


Es tiempo de dejar de ser algo para poder ser otra cosa. De soltar para poder agarrar; de arriesgarse para ganar y de atreverse a saltar aun a pesar de no poder ignorar por completo el miedo a perder.


Es, quizá ahora, el momento perfecto para recordarse a uno mismo lo que es vivir intensamente y exprimir un privilegio que es en sí mismo el mejor de los regalos y el más caro de los lujos que tenemos a nuestro alcance: el tiempo, el espacio y la oportunidad de disfrutar de una nueva estación irrepetible.

domingo, 22 de febrero de 2026

Vidas

¿Cuántas vidas llegamos a vivir durante el transcurso de nuestra existencia?

La realidad es que somos arrojados sin preaviso a un mundo que nos acoge con los brazos abiertos, y que se pone a sí mismo a nuestra entera disposición para que hagamos y deshagamos de él a voluntad y conveniencia sin pedir absolutamente nada a cambio.


Cada acto, decisión y consecuencia tiene un efecto más o menos perceptible en los lugares por los que pasamos y en las personas con las que compartimos tiempo y espacio.


Nuestra huella en el tiempo son recuerdos, y en el espacio son las emociones y sentimientos que compartimos con aquellos que nos acompañaron.


¿Cuántas vidas, me pregunto, llegamos a vivir tras escribir tantos puntos y aparte? ¿Cuán familiar puede sentirse el pasado si aquel instante ya no existe y el espacio que ahora ocupas ha cambiado por completo? ¿Cuánto puedo reconocerme a mí mismo en aquel entonces cuando sólo me queda la memoria para tratar de recomponer cómo era, cómo sentía y cómo pensaba?


Supongo que nunca tendré una certeza absoluta sobre lo que fui y soy más allá del –quizá infundado– sentimiento de fidelidad hacia mí mismo.


Sobre el tiempo, y los lugares, al menos sé que siempre podré volver a ellos a través de los recuerdos estampados por la luz.



«Y supongo que las cintas magnetofónicas, como las fotografías y los vídeos, son un intento desesperado de robar algo de la maleta de la muerte».


Mitch Albom, Martes con mi viejo profesor 

miércoles, 31 de diciembre de 2025

Las buenas historias


Todos necesitamos una buena historia.

Todos queremos vivir una buena historia.

Todos y cada uno de nosotros, en algún momento de nuestra vida, creemos que lo que nos pasa es especial, nos hace especiales de alguna caprichosa manera o nos eleva por encima de lo que no nos pertenece. La realidad es que en la mayor parte de ocasiones el espacio que va de lo que anhelamos a lo que vivimos es precisamente el territorio conquistado por las expectativas: lo que queremos que pase y sea frente a lo que realmente pasa y es.

Si algo he aprendido este año, o en los últimos años, es a valorar el «cómo» por encima del «qué» y el «por qué». Nunca creí tener todo bajo control, ni mucho menos un plan trazado, pero sí que al menos contaba con una reserva de certezas que me hacían avanzar hacia adelante sin titubear –o, aún haciéndolo, sin permitirme conceder demasiado margen al desaliento–.

Cuando las certezas fallan normalmente los planes se truncan, y resulta agotador perseguir constantemente explicaciones por las que las cosas suceden, especialmente si no está ya en nuestra mano hacer algo por cambiar su devenir o, directamente, son ajenas a nuestro poder de influencia o decisión.

¿Y qué nos queda? Quedamos nosotros. Nosotros y lo que somos.

Los que siempre fuimos y lo que hemos ido recogiendo, aprendiendo, mejorando por el camino.

Nosotros y todo aquello que siempre estuvo.

Somos el poder de nuestras convicciones y nuestras elecciones, pero también en ocasiones el resultado de las decisiones que otros toman por nosotros. ¿Pero sabes qué? Que ninguna decisión tomada por alguien distinto a ti mismo puede disfrutar del privilegio de hacer de ti algo que tú no eres, no quieres o no estás dispuesto a ser. Por supuesto que hay peajes que pagar, dolor que reconciliar, daño que cuantificar, decepciones que aceptar... pero cuando todo esté dicho y hecho, al final de todas las cosas, será lo que hagamos con lo que pase, con lo que nos pase, lo que definirá qué, quién y cómo somos... Cómo recibimos el golpe, lo asimilamos y respondemos –o nos sobreponemos– a él.

Como seres humanos que somos ahondamos con una tozudez casi irracional en la profundidad de nuestra comodidad hasta casi darnos de bruces con el suelo cuando nos la quitan sin preaviso. Y entonces nos vemos perdidos porque sobre esa comodidad caduca estiramos una alfombra tapizada con todos los motivos de nuestros deseos y nuestra voluntad, despreciando mirar hacia afuera en busca de inspiración, de un soplo de aire fresco, de una perspectiva diferente... para ver, respirar y vivir.

Los planes trazados nos abocan a recorrer lugares comunes, una y otra vez. Esto en sí no es algo malo: simplemente corremos el riesgo de olvidarnos de descubrir; descubrir y maravillarnos ante la belleza de las pequeñas cosas y el resplandor de las nuevas oportunidades que, como fugaces amaneceres, brillan ante nuestros ojos durante un segundo antes de desvanecerse del mundo como si nunca hubieran existido. El riesgo, al fin y al cabo, de perdernos incluso en esos rincones cuando, de repente, nos obligan a quedarnos solos.

He ahí donde reside el secreto de tan esquiva virtud: ante la tentación de la quietud, el orden, la zozobra y la monotonía, debemos tratar de encontrarnos en los lugares comunes, propios y extraños, portando la llama de una esperanza que jamás debe morir mientras seamos fieles y leales a nosotros mismos. Mientras aceptemos nuestras contradicciones, toleremos y perdonemos nuestras faltas y nos tratemos con sentido y sensibilidad, respeto, cuidado y responsabilidad. A nosotros y a quienes decidan compartir su tiempo con nosotros.

Porque, joder, es muy complicado esto de vivir con uno mismo, así que qué menos que hacerlo desde la benevolencia hacia lo que somos y lo que nos pasa –especialmente cuando nos convertimos por castigo en sujeto paciente de alguno de los episodios más sombríos y difíciles de nuestra vida–. Más aún cuando esto nos lleva a sentir que el reloj aprieta el paso y nos empuja a alcanzar más apresuradamente una meta que en realidad ya no nos pertenece: no en este tiempo, no en este momento, no así, no aquí y ahora.

Y está bien. No pasa nada. No siempre es necesario tener un objetivo delante ni proyectar casi desde la desesperación aquello que ha de suceder después; a veces sólo estar, respirar y sentirte en paz es la mejor manera de reconocer que estás en el sendero correcto.

Hic et nunc.

Es todo lo que importa, porque en muchos momentos anteriores pareció que ni eso fuese así.

Otras veces, el mero hecho de parar, mirar alrededor, reconocer los viejos rincones (y reconocerte en ellos) desde el sosiego que confiere la calma de estar presente es la prueba más clara y sana de que todo irá bien.

Todo irá bien, y todo llegará cuando las circunstancias sean propicias y estemos preparados.

Por ahora, estamos vivos. No sólo vivos: llenos de vida.

De ilusiones dormidas y de anhelos insatisfechos y largo tiempo anestesiados.

Quién sabe, además, si en alguno de esos rincones conocidos donde no solíamos mirar brotará una flor para enseñarnos que, a veces, un final no es sino la oportunidad de escribir un nuevo comienzo.

Porque la vida va de eso: de buscar chispazos de luz en mitad de la oscuridad; de regalarte momentos y recuerdos de los que jamás te imaginaste ser protagonista; de encontrarte sin querer con una mirada que resulta a la vez familiar e inesperada y una sonrisa temerosa que se tropieza al salir por entre las rendijas de unos labios en los que no te importaría perderte.

Porque a veces no reside en nosotros la capacidad de elegir lo que nos pasa, pero sí la de qué hacer con lo que sucede después y con todo el tiempo que se nos ha dado a partir de ese instante. Tiempo que es, por encima de todo, profunda e ineludiblemente nuestro.

Porque las buenas historias están llenas de oscuridad y de constantes peligros. Esas de las que no quieres saber el final, porque ¿cómo van a acabar bien? ¿Cómo volverá el mundo a ser lo que era después de tanta maldad como ha sufrido? Pero al final, todo es pasajero. Como esta sombra, incluso la oscuridad se acaba, para dar paso a un nuevo día. Y cuando el sol brilla, brilla más radiante aún. Esas son las historias que llenan el corazón, porque tienen mucho sentido, aun cuando eres demasiado pequeño para entenderlas. Los protagonistas de esas historias se rendirían si quisieran. Pero no lo hacen: siguen adelante, porque todos luchan por algo.

Si algo he aprendido este año es que nada será ya capaz de hacerme dejar de creer en el poder de las buenas historias.

Porque siempre lucharé por algo.

Porque siempre habrá algo por lo que merezca la pena luchar.