¿Cuántas vidas llegamos a vivir durante el transcurso de nuestra existencia?
La realidad es que somos arrojados sin preaviso a un mundo que nos acoge con los brazos abiertos, y que se pone a sí mismo a nuestra entera disposición para que hagamos y deshagamos de él a voluntad y conveniencia sin pedir absolutamente nada a cambio.
Cada acto, decisión y consecuencia tiene un efecto más o menos perceptible en los lugares por los que pasamos y en las personas con las que compartimos tiempo y espacio.
Nuestra huella en el tiempo son recuerdos, y en el espacio son las emociones y sentimientos que compartimos con aquellos que nos acompañaron.
¿Cuántas vidas, me pregunto, llegamos a vivir tras escribir tantos puntos y aparte? ¿Cuán familiar puede sentirse el pasado si aquel instante ya no existe y el espacio que ahora ocupas ha cambiado por completo? ¿Cuánto puedo reconocerme a mí mismo en aquel entonces cuando sólo me queda la memoria para tratar de recomponer cómo era, cómo sentía y cómo pensaba?
Supongo que nunca tendré una certeza absoluta sobre lo que fui y soy más allá del –quizá infundado– sentimiento de fidelidad hacia mí mismo.
Sobre el tiempo, y los lugares, al menos sé que siempre podré volver a ellos a través de los recuerdos estampados por la luz.
«Y supongo que las cintas magnetofónicas, como las fotografías y los vídeos, son un intento desesperado de robar algo de la maleta de la muerte».
Mitch Albom, Martes con mi viejo profesor
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