¿Se puede, acaso, encontrar dirección y significado al contemplar un atardecer?
El cielo de cada estación es diferente, su brillo, su luz; el color del mundo cambia y el aire adquiere su perfume particular e incomparable. Cada estación trae consigo una suerte de emociones y sensaciones tan únicas que nos sirven de eje de coordenadas y mapa con el que orientarnos en el camino de todos los días, año tras año. Nos conceden equilibrio, orden, sentido; nos brindan pausa y ajetreo, contrastes, un sinfín de oportunidades para descubrir y maravillarse o para dejar atrás y renovarse.
Las estaciones nos transportan a esos días de ponerse jerséis de lana y bufandas al cuello mientras buscamos la cercanía de unos brazos familiares para resguardarnos del frío, conforme la luz languidece y las tardes se tornan fugaces y las noches eternas. El viento y la lluvia nos empujan hacia el interior de los lugares que habitamos y de nosotros mismos; el frío nos intenta encoger pero nosotros nos empeñamos en mantener y acumular el calor en nuestras manos abrazando una taza de café, o tal vez de chocolate, en mitad de una conversación inolvidable.
Combatimos la monotonía con el dulzor del tiempo compartido y, entre tanto, las hojas secas se dejan caer desnudando las ramas por entre las cuales se desliza sin remedio la mortecina luz de las maravillosas mañanas soleadas de un invierno que llega de repente, que te sorprende igual que el vaho que sale de tus pulmones, y que a veces te hace dudar de cuánto ha venido para quedarse. Al amor de la lumbre nos perdemos, y ensimismados con el crepitar de las llamas nos percatamos de que de todas las certezas que tenemos, quizá la más grande sea la de saber que la luz acabará por ganar a la oscuridad tarde o temprano y, tal vez, antes de que te des cuenta, empezarás a sentir que el mundo se despereza y los cerezos y los almendros tiñen de color las calles y los campos que hasta hace no mucho se mostraban ante ti apáticos e intrascendentes. Y así será como el día le ganará el pulso a la noche y la vida se abrirá paso para impregnar el mundo con sus mil tonos y matices. La piel volverá a respirar libre y lucharemos con juvenil rebeldía por recuperar el frescor de las sonrisas y la valentía de permitir que una melena y un vestido dancen juntos sin pudor alguno al son de una brisa juguetona, cálida e irreverente.
El mejor refresco será huir en busca del mar y el mayor antídoto contra la inmediatez será ese sorbo helado de ese vaso amigo que flirteará con prometerte que un instante durará para siempre. Lo pesado se convertirá en liviano; bailaremos a la luz de una luna de verano como si la vida fuese un poco más fácil, un poco menos caprichosa e infinitamente más valiosa. Y, por qué no, feliz. Y cuando todo pase, y los atardeceres dorados empiecen poco a poco a perder su lustre y comencemos a sentir que ya no somos los de unos meses antes, que es momento de emprender el camino de regreso hacia dentro de nosotros mismos, el cielo reanudará su periplo para recuperar sus viejos tonos de gris y volverá a comenzar un nuevo ciclo sin solución alguna de continuidad, sin resistencia posible.
Volver a empezar.
Es tiempo de dejar de ser algo para poder ser otra cosa. De soltar para poder agarrar; de arriesgarse para ganar y de atreverse a saltar aun a pesar de no poder ignorar por completo el miedo a perder.
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