El viaje, parte II
El sueño
Hay ideas que cristalizan en la vida en forma de hechos por simple azar; otras las consigues hacer tuyas por puro tesón y entrega, y otras ocupan simplemente el espacio de lo imaginario, de la ensoñación y el divertimento al dejar la mente correr libre y sin límites.
Muchas de éstas últimas toman forma cuando eres niño, o al menos lo suficientemente ingenuo como para ignorar el valor, el esfuerzo, o una combinación de ambos, que supone llevarlas a cabo. Pasar de la potencia al acto no es un proceso tan sencillo como podría parecer, y es por ello que nos atrevemos a elevarlas a la categoría de sueños.
Porque se antojan ajenas a pesar de ser nuestras; parecen lejanas, esquivas, inalcanzables.
Nunca he sido de soñar demasiado alto, o no me he permitido hacerlo asumiendo que mi lugar de partida estuviese más arriba del suelo. Quizá por eso me he sorprendido a mí mismo en varias ocasiones siendo protagonista de un instante en el que algo realmente irreal, especial, irrepetible y casi incomprensible sucedía ante mis ojos. Y mientras ocurría, trataba de asimilar la emoción y procesar el hecho de que a veces, por capricho del azar, por perseverancia y consistencia o por la mera voluntad de haberme atrevido a imaginarlo, fui capaz de vivir y habitar y hacer mío ese momento.
O, dicho de otro modo, de hacer realidad algo que un día fue sólo un pensamiento travieso, como un deseo tímido, lejano, prácticamente irrealizable.
Un sueño.
A veces suceden cosas que son difícilmente explicables; otras sencillamente se deben a una razón extremadamente simple y cristalina: tener suerte. Ser, ni más ni menos, alguien infinitamente afortunado.
Así fue como, hace ya un año, llevé a ese niño que siempre viaja conmigo a un lugar que un día imaginó recorrer; un lugar al que el destino le transportó por virtud de un maravilloso accidente para hacer realidad un sueño, y al que nunca tuvo la certeza de poder ser capaz de volver.
Pero jamás dejó de pensarlo.

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