martes, 12 de noviembre de 2013

You wanna make a memory?

Era un parque en invierno. Era una tarde, o una noche quizá, ya no recuerdo, cuando estaba paseando entre los árboles arrastrando los pies sobre el frío suelo de piedra, y con los pies las hojas, rompiendo el silencio y la quietud reinantes.

En medio del ruido y de la calma se oyó una risa, en un segundo, dulce, melodiosa. Cálida. Confortable como el abrigo del fuego y reparadora como la luz del sol después de la lluvia.

Perseguí el eco de aquel canto y fui a dar a un pequeño muro que apenas levantaba del suelo. En su extremo había una farola y bajo su amarillo protector había dos personas.
Sin quererlo y sin pensarlo me quedé allí plantado, ensimismado, cautivado por la sencillez y la magia, o eso me pareció, de aquel momento. En un instante la noche se desdibujó ante mis ojos y no pude evitar contemplar la escena desde un lugar muy lejano.

Recordé lo que había olvidado y con el aire fresco y la oscuridad vinieron los recuerdos, esbozados en mi mente como volutas de vaho exhaladas tras un profundo suspiro.

Recordé entonces las tardes y las noches; los parques, los muros y las farolas; los bancos, los árboles, los paseos... Paladeé el sabor de lo que antaño adoraba; el olor de la más bonita de las historias; sentí el calor de la compañía más deseada; la voz de la memoria, los juegos de la ilusión y los abrazos fundidos durante largo tiempo perdidos.

¿Qué quedaba ahora de aquello más que el recuerdo? Y ni siquiera eso, pues conforme pasaban los días más pequeño se hacía tal recuerdo.

Abrí los ojos al mundo de nuevo y descubrí que me había quedado solo. No había luz, ni compañía, ni recuerdo. Era demasiado tarde. Estábamos en aquel parque mi sombra y yo; una lágrima perdida y yo, congelados en mitad de la noche, ¿sorprendidos quizá por el invierno?

La añoranza guió mis pasos de vuelta hacia el lugar donde el tesoro que una vez poseí se perdió allí donde habita el olvido.

¿Volvería algún día a recuperarlo?

domingo, 10 de noviembre de 2013

Mil (1000)


"A veces por muy alto que pongas la música sólo puedes oírte a ti mismo".



Dos extraños.

Se detiene y observa con deleite la figura que se alza frente a él a cierta distancia.

La sensación de vértigo se apodera de su cabeza. Cierra los ojos y se muerde el labio inferior. Tiembla.

Tantas cosas por decir, tanto por querer expresar; tan poca idea de por dónde comenzar.

Un torrente de emociones que sacuden el mundo frágil del interior.

Percepción afinada para captar cada detalle; cada rasgo infinitesimal que hace de las líneas y las texturas y los colores una bella obra de arte.

Tanto es lo desconocido y lo incierto que da miedo atreverse a descubrir la verdad.

Ver lo que se quiere ver; pensar lo que no se quiere pensar. Volar y ahogarse a orillas del mar.

Entonar un acorde que refleja la armonía del mundo, la perfección pura de la realidad.

Sentir la presencia de ese cristal que se impone ante cualquier posibilidad de realizar lo impensable.

Querer gritar, llorar y saltar, todo a la vez. Romper el cielo y pisarlo hasta hacerlo desaparecer. Arrancar la tierra y secar el mar. Cubrir el sol con un manto de oscuridad.

Un ruido de fondo que es una constante en los días y las noches. Una fuerza impulsora; una potencia motriz.

Una conexión con la felicidad. La belleza del mundo.

Una noche fría. Luces de ciudad. Calles que se rinden a sus caminantes.

Una idea infantil, traviesa, (casi) estúpida.

Buscar la verdad a través de la simplicidad. De lo sencillo y lo auténtico. Lo que habita en el núcleo e irradia la superficie.

Mil razones para escribir; una sola para hacerlo.

Antes del amanecer...