lunes, 21 de agosto de 2023

Inventario de cicatrices

De entre todas las cosas que se rompen en la vida, pocas duelen más que las promesas no cumplidas y los sueños condenados a vagar por un futuro que nunca será más que un recuerdo abandonado en el tiempo.


En el dolor, que es a la vez tren y compañero de vagón, solemos mirar hacia afuera, a través de las ventanas, para contemplar el paisaje desolador de todas las esperanzas truncadas del mundo. Al alzar la mirada al cielo cubierto de nubes, en busca de un atisbo de ilusión, de un rayo de sol que se cuele entre el espeso manto gris e ilumine un día oscuro y triste, el peso de la realidad se abalanza sobre ti y te sacude con una fuerza desconsiderada, implacable.


De entre todas las cosas que duelen, son las ruinas de la realidad las que, al recorrerlas, nos revelan la profundidad del vacío que permanecía inadvertido hasta entonces, y de la soledad que te abrazaba sin que de ello te percatases.


Las ruinas del presente condenan a hacer balance de daños; a colocarse frente a un espejo y, por vez primera, forzarse a mirar hacia adentro en vez de hacia afuera: a emprender el viaje hacia el interior de lo que de verdad eres y sientes. Firmar un pacto de no agresión con tu lado más frágil, débil y humano para conocerte a ti mismo, a tus fantasmas y a tus más profundos anhelos. Es bajar al barro, pelear, hacerte daño y salir airoso -magullado y herido, pero vivo-.


Lo que está roto, muerto, ya no puede morir. Cuando la vida decida abrirse paso para volver a echar raíces, recuperar su lozanía y resurgir de entre el polvo y los escombros, tú serás otro y el dolor se habrá convertido en una parte inherente de lo que serás entonces. Una cicatriz más en la piel de la memoria.


El dolor es el peaje; la soledad es el camino y la ilusión el motor de la complacencia del necio.





domingo, 30 de julio de 2023

La piedra y el mar

Dicen que el tiempo lo cura todo, que siempre acaba por poner las cosas en su lugar.

Infeliz de mí, me pregunto si tal creencia es sólo un fútil esfuerzo por compadecernos y convencernos a nosotros mismos de que el peso y las consecuencias de nuestras acciones y nuestras decisiones no dependen realmente de nosotros.

El tiempo no cura nada ni tampoco tiene el poder de poner orden, al igual que no crea ni destruye, ni siquiera transforma. El privilegio, y la responsabilidad, recaen en nuestras manos.

El tiempo tan sólo concede una oportunidad: la capacidad, libertad para poder elegir y tomar así caminos que nos llevan a lugares a los que soñamos llegar, o nos condenan a perseguir fantasmas o a repetir errores, en función de cuán desgraciados o necios, o una mezcla de ambos, seamos o decidamos ser.

El tiempo es como el mar: aparentemente infinito e inabarcable y, a pesar de cuanto tratemos de pretender controlarlo, tozudamente ingobernable.

Una roca llena de aristas, cortante y caprichosa en sus formas nunca se tornará lisa y tersa porque el tiempo así lo designe; será la fuerza del agua la que suavice sus formas y le dote de su delicada forma final. Su destino estará sellado por su abrazo eterno con el mar.

Todo será lo que deseemos, queramos, luchemos o decidamos que sea.

El tiempo nos brinda una vida, y lo que tenga que ser será… tal y como nuestra voluntad determine que sea.

Ayer, hoy, mañana y siempre.



martes, 30 de mayo de 2023

La tormenta

Hoy volvió la tormenta, y con ella se inundó el mundo, crujió el aire y brilló el cielo.

Un trueno retumba entre los muros de la estancia que me da cobijo. Me sobresalta, mas no son mis ojos los que se cierran para evitar sentir el impacto; todo lo contrario: asisten impávidos a la irrupción violenta de un torrente imparable que arrasa lo que encuentra a su paso y alcanza el interior del refugio de mi cabeza. Penetran como cuchilladas en carne tierna los fogonazos de los relámpagos; pensamientos impostores que son intrusos que invaden y se instalan en la habitación de mis recuerdos, al lado mismo de la puertecita que da acceso al sótano donde guardé hasta el más preciado de los sueños.

La última vez que hubo tormenta mi mundo se hizo añicos. Y hoy, con su regreso, me siento solo e indefenso a merced de su furia. Más solo y vulnerable que nunca, hecho un ovillo, rodeado por los pedazos a los que quedaron reducidos mis anhelos más profundos.

El dolor por la ausencia se acrecienta. Mi estómago se encoge y el nudo se aprieta. Palidece la esperanza mientras permanezco inmóvil mirando a través de la ventana abierta a un mundo que ahora se antoja frío y hostil.

El peso de la realidad es inevitable. Tan inevitable como el desenlace de la tormenta, y como el silencio ominoso que anticipó su llegada en la soledad de la noche, durante aquel viaje final hacia el corazón de la oscuridad.