jueves, 9 de marzo de 2017

Suma y sigue

Mi padre siempre dice, cuando alguien se queja por seguir cumpliendo años, que ojalá fuera esa la peor cosa que nos sucediera en la vida.

Y en el fondo tiene razón. Porque a pesar de que cada segundo marcado por el reloj constituye un paso seguro hacia el final de nuestra existencia, es en ese lento deshojar de nuestra vida donde reside su verdadero sentido, ese que le da una auténtica razón de ser, un valor inestimable.

Cada año que transcurre arranca de nosotros un pedazo irrecuperable de vida y tiempo. Nuestras células se mueren. Envejecemos.

Y al hacerlo, encontramos —o aprendemos a ir encontrando— el significado de eso que es vivir.

Porque como ya he repetido muchas veces, el destino de todo viaje es el camino. El camino, y lo que en él sucede. Lo que experimentas, lo que descubres, lo que aprendes y lo que compartes.

No sólo lo que compartes; aún más importante y más radical es con quién lo haces.

Por eso el día de hoy es un momento entrañable, con un significado especial si cabe, porque te acuerdas de todas esas personas que se acercaron a ti en algún momento y se atrevieron, de una manera más o menos perceptible, más o menos consciente, a poner su pequeño grano de arena para que tu camino se hiciese más llano, sencillo acaso, y tus pies se encontrasen un terreno firme para no acusar tanto el castigo por el incesante avance.

Por eso hoy quiero simplemente dar las gracias a todos aquellos que habéis contribuido a que lleve ya a cuestas 23 años de latidos del corazón, de electricidad y pensamientos en la cabeza y muchos, muchos kilómetros acumulados en los pies.

23 años de vida y momentos.

Seguimos sumando.

miércoles, 8 de marzo de 2017

El esplendor en la hierba

Ansié la llegada del frío porque en él encontré un refugio, me sentí seguro y en otro tiempo fue mi aliado. Pero porque todo pasa, y lo nuestro es pasar, llegó un punto en el que el invierno me sorprendió desamparado y sin abrigo.

Me enseñó su cara más gélida y su contacto más inhumano; nubló mis ojos y entumeció mi cuerpo. Y yo, poco a poco, fui cayendo en sus brazos sin darme apenas cuenta.

Y porque todo pasa y todo queda, lo que quedó entonces —y aún permanece vivo— me empuja a echar la vista —y el recuerdo— atrás para rememorar tiempos pasados donde lucía el sol, el aire era cálido y los días estaban exentos de preocupación. Días y tardes y noches luminosas que desprendían un olor inconfundible e incomparable.

Ahora, mientras intento zafarme del rígido abrazo del invierno, pienso en los campos y los bosques; en las briznas de hierba que se desperezarán con el amanecer de un nuevo día, con las semillas que germinarán en la tierra, con los brotes de las hojas y las flores de los árboles que se desplegarán con la llegada de la primavera.

El mundo adquirirá de nuevo un color y un olor especiales. Volverá a brillar.

Y todo, quizá, pueda ir bien.

Porque, al fin y al cabo, la noche siempre es más oscura justo antes del amanecer.

martes, 7 de marzo de 2017

Nada

Cada vez que esos dos faros azules se paraban durante una fracción de segundo de más en el camino que los conectaba con los míos, sentía como si al mismo tiempo me vaciasen un cubo de agua helada encima, me encontrase al borde de un acantilado y una flecha me traspasase el corazón.

Y en el infinito y a la vez fugaz lapso de tiempo en el que tal encuentro se producía, yo no pensaba en nada. Todo era blanco.

Blanco y luminoso.

Algo que, por otra parte, era lógico. El blanco siempre ha sido sinónimo de pureza, vacuidad, inexistencia.

Porque ese azul es simplemente una ilusión óptica. Un reflejo irreal de algo que no es ni existe.

O tal vez sí.

En donde no hay ni habita nada.

"Porque la muerte es mirar y no verte."