martes, 1 de septiembre de 2026

El viaje: parte II

 El viaje, parte II

El sueño



Hay ideas que cristalizan en la vida en forma de hechos por simple casualidad; otras las consigues hacer tuyas por puro tesón y entrega, y otras ocupan simplemente el espacio de lo imaginario, de la ensoñación y el divertimento al dejar la mente correr libre y sin límites.

Muchas de estas últimas toman forma cuando eres niño, o al menos lo suficientemente ingenuo como para ignorar el valor, el esfuerzo –o una combinación de ambos– que supone llevarlas a cabo. Pasar de la potencia al acto no es un proceso tan sencillo como podría parecer, y es por ello que nos atrevemos a elevarlas a la categoría de sueños.

Porque se antojan ajenas a pesar de ser nuestras; parecen lejanas, esquivas, inalcanzables.

Nunca he sido de soñar demasiado alto, o no me he permitido hacerlo asumiendo que mi lugar de partida estuviese más arriba del suelo. Quizá por eso me he sorprendido a mí mismo en varias ocasiones siendo protagonista de un instante en el que algo realmente irreal, especial, irrepetible y casi incomprensible sucedía ante mis ojos. Y mientras ocurría, trataba de asimilar la emoción y procesar el hecho de que a veces, por capricho del azar, por perseverancia y consistencia o por la mera voluntad de haberme atrevido a imaginarlo, fui capaz de vivir y habitar y hacer mío ese momento.

O, dicho de otro modo, de hacer realidad algo que un día fue sólo un pensamiento travieso, como un deseo tímido, lejano, prácticamente irrealizable.

Un sueño.

A veces suceden cosas que son difícilmente explicables; otras sencillamente se deben a una razón extremadamente simple y cristalina: tener suerte. Ser, ni más ni menos, alguien infinitamente afortunado.

Así fue como, hace ya un año, llevé a ese niño que siempre viaja conmigo a un lugar que un día imaginó recorrer; un lugar al que, en una noche ya remota del pasado, el destino le transportó por virtud de un maravilloso accidente para hacer realidad un sueño, y al que nunca tuvo la certeza de poder ser capaz de volver.

Pero jamás dejó de pensarlo.

jueves, 30 de abril de 2026

1000 días

 ¿Qué son mil días en el conjunto de toda una vida?


¿Cuántas son las cosas que podríamos conseguir? ¿Cuánto podría cambiar? ¿Cuánto podría quedarse atrás?


En mil días aprendí que hallar explicación a las cosas que duelen es el precio a pagar por disfrutar de todo aquello que es finito y hermoso. Al mismo tiempo, descubrí que para las cosas buenas, las que sorprenden, las que colman de plenitud y te hacen sentir ligero y te levantan unos milímetros del suelo, tengo demasiadas preguntas que todavía hoy permanecen siendo un misterio por resolver.


Mientras tanto, a veces con determinación y otras llenos de dudas e inseguridad; paso a paso, a saltos o a trompicones, a base de experiencia o de golpes, hacemos camino y seguimos adelante, mil y un días después, siempre hacia delante; mil y una noches más tarde, porque junto al camino nunca diremos «no puedo más y aquí me quedo».

jueves, 2 de abril de 2026

Las cuatro estaciones

Levantar la mirada al cielo siempre ha sido un gesto casi instintivo al que recurro para buscar algo ahí arriba, afuera y lejos, que me sirva al mismo tiempo de vía de escape y lugar de refugio: un intento en ocasiones desesperado, en otras lleno de determinación, por encontrar respuestas, hallar oxígeno cuando las fuerzas flaquean y reconciliarme con lo que pasa aquí abajo cuando las cosas se escapan de mi control o cuando, simplemente, todo pesa y se hace un poco más difícil. 


¿Se puede, acaso, encontrar dirección y significado al contemplar un atardecer?


El cielo de cada estación es diferente, su brillo, su luz; el color del mundo cambia y el aire adquiere su perfume particular e incomparable. Cada estación trae consigo una suerte de emociones y sensaciones tan únicas que nos sirven de eje de coordenadas y mapa con el que orientarnos en el camino de todos los días, año tras año. Nos conceden equilibrio, orden, sentido; nos brindan pausa y ajetreo, contrastes, un sinfín de oportunidades para descubrir y maravillarse o para dejar atrás y renovarse.


Las estaciones nos transportan a esos días de ponerse jerséis de lana y bufandas al cuello mientras buscamos la cercanía de unos brazos familiares para resguardarnos del frío, conforme la luz languidece y las tardes se tornan fugaces y las noches eternas. El viento y la lluvia nos empujan hacia el interior de los lugares que habitamos y de nosotros mismos; el frío nos intenta encoger pero nosotros nos empeñamos en mantener y acumular el calor en nuestras manos abrazando una taza de café, o tal vez de chocolate, en mitad de una conversación inolvidable.


Combatimos la monotonía con el dulzor del tiempo compartido y, entre tanto, las hojas secas se dejan caer desnudando las ramas por entre las cuales se desliza sin remedio la mortecina luz de las mañanas soleadas de un invierno que llega de repente, que te sorprende igual que el vaho que sale de tus pulmones, y que a veces te hace dudar de cuánto ha venido para quedarse. Al amor de la lumbre nos perdemos, y ensimismados con el crepitar de las llamas nos percatamos de que de todas las certezas que tenemos, quizá la más grande sea la de saber que la luz acabará por ganar a la oscuridad tarde o temprano y, tal vez antes de que te des cuenta, empezarás a sentir que el mundo se despereza y los cerezos y los almendros tiñen de color las calles y los campos que hasta hace no mucho se mostraban ante ti apáticos e intrascendentes. Y así será como el día le ganará el pulso a la noche y la vida se abrirá paso para colorear el mundo con sus mil tonos y matices. La piel volverá a respirar libre y lucharemos con juvenil rebeldía por recuperar el frescor de las sonrisas y la valentía de permitir que una melena y un vestido dancen juntos sin pudor alguno al son de una brisa juguetona, cálida e irreverente.


El mejor refresco será huir en busca del mar y el mayor antídoto contra la inmediatez será ese sorbo helado de un vaso amigo que flirteará con prometerte que un instante durará para siempre. Lo pesado se convertirá en liviano; bailaremos a la luz de una luna de verano como si la vida fuese un poco más fácil, un poco menos caprichosa e infinitamente más valiosa. Y, por qué no, feliz. Y cuando todo pase, y los atardeceres dorados empiecen poco a poco a perder su lustre y comencemos a sentir que ya no somos los de unos meses antes, que es hora de emprender el camino de regreso hacia dentro de nosotros mismos, el cielo reanudará su periplo para recuperar sus viejos tonos de gris y comenzará un nuevo ciclo sin solución alguna de continuidad, sin resistencia posible.


Volver a empezar.


Todo pasa, y todo queda… y regresa y se vuelve a ir… a ir para volver, una y otra vez. Por eso sé que el mundo cambia en cada una de las cuatro estaciones, y yo cambio con él. En esta suerte de ciclo infinito de renovación constante es donde debemos tratar de encontrar el escurridizo equilibrio, casi imposible, entre pausa y movimiento: lo que somos y nunca debemos dejar de ser frente a lo que hemos de dejar atrás, como una muda invernal, como esa capa protectora que ya no nos pertenece.


Sé que necesito salir y dejar ir una parte de mí. Necesito sentir que la vida pugna por hacerse camino a través de las grietas creadas por el hábito, el temor, el letargo y la nostalgia; quiero hacer con mi vida lo que la primavera hace con las flores, para que el retrogusto de la melancolía, acompañante siempre presente, resulte un poco menos amargo y un poco menos tangible.


Es tiempo de dejar de ser algo para poder ser otra cosa. De soltar para poder agarrar; de arriesgarse para ganar y de atreverse a saltar aun a pesar de no poder ignorar por completo el miedo a perder.


Es, quizá ahora, el momento perfecto para recordarse a uno mismo lo que es vivir intensamente y exprimir un privilegio que es en sí mismo el mejor de los regalos y el más caro de los lujos que tenemos a nuestro alcance: el tiempo, el espacio y la oportunidad de disfrutar de una nueva estación irrepetible.

domingo, 22 de febrero de 2026

Vidas

¿Cuántas vidas llegamos a vivir durante el transcurso de nuestra existencia?

La realidad es que somos arrojados sin preaviso a un mundo que nos acoge con los brazos abiertos, y que se pone a sí mismo a nuestra entera disposición para que hagamos y deshagamos de él a voluntad y conveniencia sin pedir absolutamente nada a cambio.


Cada acto, decisión y consecuencia tiene un efecto más o menos perceptible en los lugares por los que pasamos y en las personas con las que compartimos tiempo y espacio.


Nuestra huella en el tiempo son recuerdos, y en el espacio son las emociones y sentimientos que compartimos con aquellos que nos acompañaron.


¿Cuántas vidas, me pregunto, llegamos a vivir tras escribir tantos puntos y aparte? ¿Cuán familiar puede sentirse el pasado si aquel instante ya no existe y el espacio que ahora ocupas ha cambiado por completo? ¿Cuánto puedo reconocerme a mí mismo en aquel entonces cuando sólo me queda la memoria para tratar de recomponer cómo era, cómo sentía y cómo pensaba?


Supongo que nunca tendré una certeza absoluta sobre lo que fui y soy más allá del –quizá infundado– sentimiento de fidelidad hacia mí mismo.


Sobre el tiempo, y los lugares, al menos sé que siempre podré volver a ellos a través de los recuerdos estampados por la luz.



«Y supongo que las cintas magnetofónicas, como las fotografías y los vídeos, son un intento desesperado de robar algo de la maleta de la muerte».


Mitch Albom, Martes con mi viejo profesor 

miércoles, 31 de diciembre de 2025

Las buenas historias


Todos necesitamos una buena historia.

Todos queremos vivir una buena historia.

Todos y cada uno de nosotros, en algún momento de nuestra vida, creemos que lo que nos pasa es especial, nos hace especiales de alguna caprichosa manera o nos eleva por encima de lo que no nos pertenece. La realidad es que en la mayor parte de ocasiones el espacio que va de lo que anhelamos a lo que vivimos es precisamente el territorio conquistado por las expectativas: lo que queremos que pase y sea frente a lo que realmente pasa y es.

Si algo he aprendido este año, o en los últimos años, es a valorar el «cómo» por encima del «qué» y el «por qué». Nunca creí tener todo bajo control, ni mucho menos un plan trazado, pero sí que al menos contaba con una reserva de certezas que me hacían avanzar hacia adelante sin titubear –o, aún haciéndolo, sin permitirme conceder demasiado margen al desaliento–.

Cuando las certezas fallan normalmente los planes se truncan, y resulta agotador perseguir constantemente explicaciones por las que las cosas suceden, especialmente si no está ya en nuestra mano hacer algo por cambiar su devenir o, directamente, son ajenas a nuestro poder de influencia o decisión.

¿Y qué nos queda? Quedamos nosotros. Nosotros y lo que somos.

Los que siempre fuimos y lo que hemos ido recogiendo, aprendiendo, mejorando por el camino.

Nosotros y todo aquello que siempre estuvo.

Somos el poder de nuestras convicciones y nuestras elecciones, pero también en ocasiones el resultado de las decisiones que otros toman por nosotros. ¿Pero sabes qué? Que ninguna decisión tomada por alguien distinto a ti mismo puede disfrutar del privilegio de hacer de ti algo que tú no eres, no quieres o no estás dispuesto a ser. Por supuesto que hay peajes que pagar, dolor que reconciliar, daño que cuantificar, decepciones que aceptar... pero cuando todo esté dicho y hecho, al final de todas las cosas, será lo que hagamos con lo que pase, con lo que nos pase, lo que definirá qué, quién y cómo somos... Cómo recibimos el golpe, lo asimilamos y respondemos –o nos sobreponemos– a él.

Como seres humanos que somos ahondamos con una tozudez casi irracional en la profundidad de nuestra comodidad hasta casi darnos de bruces con el suelo cuando nos la quitan sin preaviso. Y entonces nos vemos perdidos porque sobre esa comodidad caduca estiramos una alfombra tapizada con todos los motivos de nuestros deseos y nuestra voluntad, despreciando mirar hacia afuera en busca de inspiración, de un soplo de aire fresco, de una perspectiva diferente... para ver, respirar y vivir.

Los planes trazados nos abocan a recorrer lugares comunes, una y otra vez. Esto en sí no es algo malo: simplemente corremos el riesgo de olvidarnos de descubrir; descubrir y maravillarnos ante la belleza de las pequeñas cosas y el resplandor de las nuevas oportunidades que, como fugaces amaneceres, brillan ante nuestros ojos durante un segundo antes de desvanecerse del mundo como si nunca hubieran existido. El riesgo, al fin y al cabo, de perdernos incluso en esos rincones cuando, de repente, nos obligan a quedarnos solos.

He ahí donde reside el secreto de tan esquiva virtud: ante la tentación de la quietud, el orden, la zozobra y la monotonía, debemos tratar de encontrarnos en los lugares comunes, propios y extraños, portando la llama de una esperanza que jamás debe morir mientras seamos fieles y leales a nosotros mismos. Mientras aceptemos nuestras contradicciones, toleremos y perdonemos nuestras faltas y nos tratemos con sentido y sensibilidad, respeto, cuidado y responsabilidad. A nosotros y a quienes decidan compartir su tiempo con nosotros.

Porque, joder, es muy complicado esto de vivir con uno mismo, así que qué menos que hacerlo desde la benevolencia hacia lo que somos y lo que nos pasa –especialmente cuando nos convertimos por castigo en sujeto paciente de alguno de los episodios más sombríos y difíciles de nuestra vida–. Más aún cuando esto nos lleva a sentir que el reloj aprieta el paso y nos empuja a alcanzar más apresuradamente una meta que en realidad ya no nos pertenece: no en este tiempo, no en este momento, no así, no aquí y ahora.

Y está bien. No pasa nada. No siempre es necesario tener un objetivo delante ni proyectar casi desde la desesperación aquello que ha de suceder después; a veces sólo estar, respirar y sentirte en paz es la mejor manera de reconocer que estás en el sendero correcto.

Hic et nunc.

Es todo lo que importa, porque en muchos momentos anteriores pareció que ni eso fuese así.

Otras veces, el mero hecho de parar, mirar alrededor, reconocer los viejos rincones (y reconocerte en ellos) desde el sosiego que confiere la calma de estar presente es la prueba más clara y sana de que todo irá bien.

Todo irá bien, y todo llegará cuando las circunstancias sean propicias y estemos preparados.

Por ahora, estamos vivos. No sólo vivos: llenos de vida.

De ilusiones dormidas y de anhelos insatisfechos y largo tiempo anestesiados.

Quién sabe, además, si en alguno de esos rincones conocidos donde no solíamos mirar brotará una flor para enseñarnos que, a veces, un final no es sino la oportunidad de escribir un nuevo comienzo.

Porque la vida va de eso: de buscar chispazos de luz en mitad de la oscuridad; de regalarte momentos y recuerdos de los que jamás te imaginaste ser protagonista; de encontrarte sin querer con una mirada que resulta a la vez familiar e inesperada y una sonrisa temerosa que se tropieza al salir por entre las rendijas de unos labios en los que no te importaría perderte.

Porque a veces no reside en nosotros la capacidad de elegir lo que nos pasa, pero sí la de qué hacer con lo que sucede después y con todo el tiempo que se nos ha dado a partir de ese instante. Tiempo que es, por encima de todo, profunda e ineludiblemente nuestro.

Porque las buenas historias están llenas de oscuridad y de constantes peligros. Esas de las que no quieres saber el final, porque ¿cómo van a acabar bien? ¿Cómo volverá el mundo a ser lo que era después de tanta maldad como ha sufrido? Pero al final, todo es pasajero. Como esta sombra, incluso la oscuridad se acaba, para dar paso a un nuevo día. Y cuando el sol brilla, brilla más radiante aún. Esas son las historias que llenan el corazón, porque tienen mucho sentido, aun cuando eres demasiado pequeño para entenderlas. Los protagonistas de esas historias se rendirían si quisieran. Pero no lo hacen: siguen adelante, porque todos luchan por algo.

Si algo he aprendido este año es que nada será ya capaz de hacerme dejar de creer en el poder de las buenas historias.

Porque siempre lucharé por algo.

Porque siempre habrá algo por lo que merezca la pena luchar.

sábado, 11 de octubre de 2025

El viaje: parte I

El viaje, parte I

La ciudad

  

 Hace 10 años escribí estas líneas:

“She’s a stubborn mistress (…) a hard city to leave.”
Ha sido breve, pero ha sido bueno. Cuando quieras disfrutar de algo en la vida hazlo al máximo, poniendo todo lo que tienes dentro de ti. Pero recuerda que, bajo ningún concepto, debes disfrutarlo todo. La razón, aunque parezca mentira, es simple y sencilla: no disfrutes de todo, deja algo atrás y déjalo atrás siendo consciente de ello, porque sólo así tendrás un motivo inolvidable para regresar. Y cuando vuelvas, volverás a disfrutar como el primer día porque junto con lo que ya conoces habrá todavía algo nuevo, diferente y emocionante esperando para sorprenderte. Ojalá sea pronto, porque sé que vamos a volver a vernos.

No creo que diez años pueda considerarse «pronto», pero henos aquí haciendo honor a aquellas palabras y manteniendo vigente aquel sentimiento. Diez años más tarde me reencuentro con los recuerdos que me llevé conmigo entonces y descubro los que tengo la infinita fortuna de poder seguir construyendo por primera vez.

Me atrevería a decir que hay dos temas recurrentes en esta cabeza mía que rara vez descansa, que se alían para compartir un común poso que se debate en ser algo que se parece a lo que va de la melancolía a la nostalgia: una es el paso inexorable del tiempo, la vida y los momentos que no vuelven; la otra es la angustia por pensar que al crecer y madurar y cambiar y dejar de ser para ser otras cosas perdemos poco a poco la capacidad para sorprendernos y maravillarnos ante lo que vemos y nos pasa, ante lo que es y supone vivir.

Hay una canción que asocio indeleblemente a esta ciudad que dice:

Will we ever get away from this place?
It's an image that's burned on my chest


Hay algo de mágico y magnético en su perfil recortado en el horizonte, en su espíritu ingobernable y en su energía siempre latente: me cautivó cuando nos conocimos y ahora, muchos años más tarde, habiendo cambiado ella y habiendo cambiado yo, nos hemos vuelto a encontrar, y siento que tal vez una parte de mí no se fue nunca de aquí. Pero también he vuelto a sentir que mientras caminaba y recorría viejos y nuevos rincones de la ciudad de techos infinitos descubría sensaciones y emociones que no existían, y que no me pertenecían hasta hacerlas mías en ese instante.

O tal vez sí, y simplemente se trata de renovar las promesas que un día nos hicimos a nosotros mismos. Sea como fuere, lo que veo ahora son imágenes nuevas para unos ojos que contemplan el mundo de una manera diferente diez años más tarde, y cuyos recuerdos son fotografías cuidadosamente guardadas en el álbum de la memoria.

El tiempo, y la vida con él, pasa y no vuelve. Pero yo he vuelto a esta ciudad, y al partir le repito (y me repito) lo mismo que le dije entonces: que sé con total certeza que nos vamos a volver, otra vez, a ver. 

lunes, 30 de junio de 2025

El verano de los años

Algo tiene el verano que al pronunciar su nombre es como si el aire se llenase de una mística especial que renovase la promesa de vivir una época incomparable.

No sé qué es lo que hace el verano con la vida y con la gente pero nos llena y nos empuja a florecer, nos arrastra afuera, a poblar las terrazas y los parques.


Nos precipita hacia ese primer trago de cerveza helada que refuerza la idea de que el verano se parece a la vida, y la vida es precisamente la libertad que se paladea en ese efímero instante.


El verano era aquello que pasaba cuando el tiempo formaba parte de lo incontable; cuando todo sucedía en la calle, cuando la distancia se medía en pedaladas de bicicleta y los días se contaban en helados al sol, en piedras sobre las que saltar para poder cruzar al otro lado del río y en olas rompiendo en el mar mientras alguien muy querido te arropaba con una toalla en la arena.


El verano fue siempre un síntoma de esperanza, de que algo mejor, más grande e inolvidable estaba por venir para hacer empequeñecer al anterior.


Me pregunto en qué momento el verano dejó de ser lo que una vez fue; tal vez sea el hecho de que ya no tengo bicicleta, que los días se cuentan cada vez más con los dedos y menos con el corazón o que, simplemente, se cansó de intentar superarse a sí mismo.


Pero si hay algo que el tiempo no ha conseguido arrebatarle es el embriagador perfume de la brisa mientras cae la luz roja, naranja y amarilla con la que viste el mundo durante todas y cada una de sus tardes y noches infinitas.


Y mientras así sea, nos resultará muy difícil no soñar con renovar nuestra promesa, aunque nos sorprenda un poco menos niños, un poco menos libres, o ingenuos, un poco más solos y, quizá también, un poco menos felices.


Pero nos sorprenderá, a pesar de todo, siempre que le concedamos el permiso para hacerlo. Un año, y otro después del anterior. Porque el verano siempre tiene el poder de hacer algo especial con el aire y con la esperanza.





miércoles, 16 de abril de 2025

Las cosas que perdemos


Tendemos a pensar que «todo pasa por algo», como si ese determinismo nos permitiese eludir la responsabilidad de aceptar que lo que sucede ha de ser así porque sí, sin más, como un caprichoso vaivén del azar. Sin motivo que lo justifique.

Como si lo que hacemos, o dejamos de hacer, no tuviese influencia directa en lo que nos pasa.

Pero hay veces que las cosas pasan aún a pesar de nosotros, por muy grandes que sean nuestras ganas o intensa nuestra convicción. Porque la vida, como buena y sabia maestra, tiene sus propios planes, sus leyes y normas y sus giros de guion inesperados. Y en ocasiones prescinde de compartir sus razones.

Esto del vivir no es más que una lucha por descifrar el código de lo que significa ganar. Un pulso a ciegas a la esperanza donde las certezas son poco más que un lujo escaso; algo así como un recordatorio constante de que junto al camino, no debes entonar jamás el «no puedo más y aquí me quedo».

Y mientras no resuelves ese enigma, porque no sabes o porque no puedes, vas cediendo tiempo y espacio a la pérdida, a la tristeza y a la soledad.

Perdemos por cobardía.

Por falta de empatía, o de amor, o de sensibilidad. O una mezcla de las tres.

Por no saber escuchar; por no saber respetar.

Perdemos por no estar preparados, o tal vez por no saber estarlo.

Por el peso de las expectativas.

Por las dudas. Por el miedo.

Por no atrevernos.

Por no saber.

Por no querer.

Por no abrirte, o por hacerlo demasiado.

Por torpeza. Por prudencia.

Por inseguridad. Por timidez.

Por recelo.

Por falta de cuidado, o de atención.

Por orgullo.

Porque no era el momento.

O, simplemente, porque sí. Porque las cosas pasan a pesar de nosotros. Porque a veces, simplemente, la ilusión no es suficiente. Porque arriesgarse no es garantía de que el pie que pongas delante del anterior no va a encontrar aire debajo. Porque el deseo es un anhelo impregnado de voluntad: un frágil intento por aferrarte a algo que no conoces, pero que has aprendido a identificar como un lugar en el que quizá merezca la pena quedarse.

Porque soñar resulta demasiado fácil cuando crees que puedes ser feliz.

Nuestras heridas son la herencia de las cosas que perdemos; de los recuerdos, perennes o efímeros, en la piel de nuestra memoria. De las expectativas rotas. Del mundo que quedó por descubrir; de las palabras que se quedaron por decir, de un abrazo robado o una mirada temerosa y furtiva. De las promesas de los días no vividos.

Mientras esto siga así, seguiremos acumulándolas porque no siempre ha de haber una razón por la que sucede (o no) algo, y el orden del mundo puede sacudirse sin preaviso, como una flor que se marchita de repente en la plenitud de la primavera. Hay preguntas que nunca hallarán su respuesta.

Las cosas que perdemos son aquellas que un día fueron o que pudieron llegar a ser. Aquellas con las que fantaseamos; a las que les colgamos la etiqueta de «ojalá». Las cosas a las que les concedimos el derecho y el permiso de hacernos sentir.

Sentir libres.

Vivos.

Las cosas que perdemos… son atardeceres en un cielo por el que un día soñamos volar.

jueves, 26 de septiembre de 2024

El asiento de al lado

Esta es la historia de un ideal, del espacio libre que dejas voluntariamente a tu costado porque hay algo en ti más grande que tú mismo, algo que merece la pena contar, algo por lo que merece la pena esperar.

La historia del asiento de al lado es una de esperanza, de un deseo ferviente por conocer lo que deparará el mañana; las ganas de soñar, de jugar a imaginar un pequeño trozo del futuro. Es un relato de elecciones, de múltiples pequeñas decisiones que revelan un propósito, un compromiso y un camino para alcanzar un destino en el que, tal vez, sólo tú crees.


Es también el reflejo de una promesa sincera, de la voluntad de llegar y de la fe ciega en conseguirlo. Es una mano tendida al aire impulsada por la lealtad a un sentimiento. Es un mensaje reconfortante para imbuir confianza, calma, sosiego y seguridad.


Es un cuento que nos narra una búsqueda, la más difícil y escurridiza de todas: la de la felicidad. Una defensa a ultranza del valor y aprecio de la compañía fiel y altruista y una muestra indeleble de tesón y corazón. De esfuerzo, perseverancia… entrega.


Una carta abierta a la ilusión.


Y de miedo. Miedo. Miedo e incertidumbre. Incertidumbre y dudas. Dudas y fragilidad. Fragilidad y, de nuevo, miedo.


De abrirte y hacerte daño.


De no saber, de no ver, de no sentir, de no estar.


¿Podrás ser capaz?


De arriesgar, sufrir y decepcionarte.


Tropezar. Caer. Levantarte. Volver a caer.


De nunca saber a ciencia cierta si podrás llegar.


O si podrás dar.


Inseguridad.


Vacío, distancia, soledad.


Pero, por encima de todo, la historia del asiento de al lado es la historia de una semilla, plantada en la tierra en un lugar que quizá no estuviese destinado a alojarla; semilla en la que alguien creyó porque, un día, se atrevió a imaginar en lo que podría convertirse.


Alguien que creyó en la semilla, en el agua y la tierra, y en su capacidad de enseñarle dónde encontrar sus raíces para impulsarla a brotar hacia el cielo, crecer, y gritarle alto que nada vive lejos de la esperanza y nada ni nadie crece sin mimo, tiempo, cuidado… y espacio para poder hacerlo.


La historia del asiento de al lado es la historia de mi vida.


¿Cómo comienza?


Comienza por el principio, en ese hueco que dejo libre a mi lado.







lunes, 23 de septiembre de 2024

La merienda olvidada

Las expectativas son columnas alzadas al cielo sobre las que apoyamos nuestros anhelos; son losas sustentadas por ideales, ideales que no son más que la materia que da forma a nuestros deseos.

Son metas: en ocasiones inalcanzables, en otras, simplemente, demasiado lejanas. Pero son también brújulas que nos guían a través de la oscuridad de los senderos de una vida por la que aprendemos a transitar conforme vamos dando pasos.

Romper una expectativa es desmigajar un sueño; es transformar en humo las frágiles certezas de nuestro pequeño mundo. No llegar, no ser lo suficiente, no haber sido, no haber estado, no haber dado.

Caer. Sentir, de nuevo, el peso asfixiante de la realidad.

Una expectativa insatisfecha en aquella merienda olvidada.




domingo, 31 de marzo de 2024

30

Hace diez años, cuando cambiaba de década, me dije a mí mismo que sería interesante escribirme una carta el día de mi cumpleaños para hacer balance de mi vida hasta entonces; para valorar quién era y dónde estaba, de dónde venía y hacia dónde iba… Luego, metería esa carta en un sobre, lo cerraría y no volvería a abrirlo hasta pasados cinco, diez años… y me reencontraría entonces con mi yo del pasado allá dondequiera que el futuro tuviese a bien guardarme un sitio.

Jamás lo hice, y siguiendo mi exasperante tendencia natural a la dejadez inconsecuente, me lo seguí repitiendo año tras año hasta que, sin darme apenas cuenta, me topé de bruces con una década nueva por estrenar y muchas ideas que se quedaron sin plasmar tras cada 9 de marzo en aquellas hojas de papel.


Nunca he dejado de mirar atrás y probablemente nunca deje de hacerlo, pero no tendría sentido ahora pensar en la carta que pude haber escrito a los veinte cuando no fui capaz de escribirla en los nueve años que vinieron después.


Mirar atrás, sin embargo, siempre me ofreció una visión reconfortante de lo que había sido de mí hasta entonces, no cabiendo en mí más que la alegría y el agradecimiento por todo lo que la vida me había ofrecido y deparado, y la esperanza de nunca dejar de sentirme tan sumamente afortunado.


Mi última vuelta al sol ha sido la más oscura de todas, y quizá por vez primera echar la vista atrás no me ofrece mucho más que dolor y pánico; me infunde una sensación de angustia y desesperación que amenaza con arrastrarme de vuelta a ese pozo negro del que aún no soy capaz de alejarme del todo.


Hace unas semanas despedía mis felices, únicos y últimos, años veinte rodeado de aquellas personas que han sido mástil y ancla en mis momentos más oscuros, que aun estando lejos he sentido cerca y que después de casi toda una vida (o una fracción de ella; ¡qué más da!) me han demostrado que gracias a ellas yo soy yo y estoy aquí por ello y, también en parte, por ellos. Y como ellas, muchas otras que por circunstancias no aparecen representadas pero sin las cuales el cuadro de mi vida no tendría la que, para mí, es la más perfecta y maravillosa paleta de color posible.


Con el cambio de hora abandonamos el letargo del invierno, los días grises languidecen ante la fuerza renovada de la luz del día y la vida le gana poco a poco la lucha a la oscuridad.


Marzo, mi marzo, me ha recordado que la vida está llena de pequeños y grandes momentos; de esperanza, sueños y promesas por cumplir y, por encima de todo, de una oportunidad continua para hallar la razón - o razones - por la(s) que siempre merecerá la pena alzar la mirada al cielo, respirar profundo y sonreír.


Que esta nueva década sea, como la puerta abierta de mi nuevo hogar, el umbral hacia lo que sea que tenga que venir; la siguiente etapa de esta aventura donde, espero, no me falten todas esas cosas preciosas que me han traído hasta este preciso e irrepetible instante.


Gracias; treinta años de veces de gracias.