El viaje, parte II
El sueño
El viaje, parte II
El sueño
¿Cuántas son las cosas que podríamos conseguir? ¿Cuánto podría cambiar? ¿Cuánto podría quedarse atrás?
En mil días aprendí que hallar explicación a las cosas que duelen es el precio a pagar por disfrutar de todo aquello que es finito y hermoso. Al mismo tiempo, descubrí que para las cosas buenas, las que sorprenden, las que colman de plenitud y te hacen sentir ligero y te levantan unos milímetros del suelo, tengo demasiadas preguntas que todavía hoy permanecen siendo un misterio por resolver.
Mientras tanto, a veces con determinación y otras llenos de dudas e inseguridad; paso a paso, a saltos o a trompicones, a base de experiencia o de golpes, hacemos camino y seguimos adelante, mil y un días después, siempre hacia delante; mil y una noches más tarde, porque junto al camino nunca diremos «no puedo más y aquí me quedo».
¿Se puede, acaso, encontrar dirección y significado al contemplar un atardecer?
El cielo de cada estación es diferente, su brillo, su luz; el color del mundo cambia y el aire adquiere su perfume particular e incomparable. Cada estación trae consigo una suerte de emociones y sensaciones tan únicas que nos sirven de eje de coordenadas y mapa con el que orientarnos en el camino de todos los días, año tras año. Nos conceden equilibrio, orden, sentido; nos brindan pausa y ajetreo, contrastes, un sinfín de oportunidades para descubrir y maravillarse o para dejar atrás y renovarse.
Las estaciones nos transportan a esos días de ponerse jerséis de lana y bufandas al cuello mientras buscamos la cercanía de unos brazos familiares para resguardarnos del frío, conforme la luz languidece y las tardes se tornan fugaces y las noches eternas. El viento y la lluvia nos empujan hacia el interior de los lugares que habitamos y de nosotros mismos; el frío nos intenta encoger pero nosotros nos empeñamos en mantener y acumular el calor en nuestras manos abrazando una taza de café, o tal vez de chocolate, en mitad de una conversación inolvidable.
Combatimos la monotonía con el dulzor del tiempo compartido y, entre tanto, las hojas secas se dejan caer desnudando las ramas por entre las cuales se desliza sin remedio la mortecina luz de las mañanas soleadas de un invierno que llega de repente, que te sorprende igual que el vaho que sale de tus pulmones, y que a veces te hace dudar de cuánto ha venido para quedarse. Al amor de la lumbre nos perdemos, y ensimismados con el crepitar de las llamas nos percatamos de que de todas las certezas que tenemos, quizá la más grande sea la de saber que la luz acabará por ganar a la oscuridad tarde o temprano y, tal vez antes de que te des cuenta, empezarás a sentir que el mundo se despereza y los cerezos y los almendros tiñen de color las calles y los campos que hasta hace no mucho se mostraban ante ti apáticos e intrascendentes. Y así será como el día le ganará el pulso a la noche y la vida se abrirá paso para colorear el mundo con sus mil tonos y matices. La piel volverá a respirar libre y lucharemos con juvenil rebeldía por recuperar el frescor de las sonrisas y la valentía de permitir que una melena y un vestido dancen juntos sin pudor alguno al son de una brisa juguetona, cálida e irreverente.
El mejor refresco será huir en busca del mar y el mayor antídoto contra la inmediatez será ese sorbo helado de un vaso amigo que flirteará con prometerte que un instante durará para siempre. Lo pesado se convertirá en liviano; bailaremos a la luz de una luna de verano como si la vida fuese un poco más fácil, un poco menos caprichosa e infinitamente más valiosa. Y, por qué no, feliz. Y cuando todo pase, y los atardeceres dorados empiecen poco a poco a perder su lustre y comencemos a sentir que ya no somos los de unos meses antes, que es hora de emprender el camino de regreso hacia dentro de nosotros mismos, el cielo reanudará su periplo para recuperar sus viejos tonos de gris y comenzará un nuevo ciclo sin solución alguna de continuidad, sin resistencia posible.
Volver a empezar.
Es tiempo de dejar de ser algo para poder ser otra cosa. De soltar para poder agarrar; de arriesgarse para ganar y de atreverse a saltar aun a pesar de no poder ignorar por completo el miedo a perder.
¿Cuántas vidas llegamos a vivir durante el transcurso de nuestra existencia?
La realidad es que somos arrojados sin preaviso a un mundo que nos acoge con los brazos abiertos, y que se pone a sí mismo a nuestra entera disposición para que hagamos y deshagamos de él a voluntad y conveniencia sin pedir absolutamente nada a cambio.
Cada acto, decisión y consecuencia tiene un efecto más o menos perceptible en los lugares por los que pasamos y en las personas con las que compartimos tiempo y espacio.
Nuestra huella en el tiempo son recuerdos, y en el espacio son las emociones y sentimientos que compartimos con aquellos que nos acompañaron.
¿Cuántas vidas, me pregunto, llegamos a vivir tras escribir tantos puntos y aparte? ¿Cuán familiar puede sentirse el pasado si aquel instante ya no existe y el espacio que ahora ocupas ha cambiado por completo? ¿Cuánto puedo reconocerme a mí mismo en aquel entonces cuando sólo me queda la memoria para tratar de recomponer cómo era, cómo sentía y cómo pensaba?
Supongo que nunca tendré una certeza absoluta sobre lo que fui y soy más allá del –quizá infundado– sentimiento de fidelidad hacia mí mismo.
Sobre el tiempo, y los lugares, al menos sé que siempre podré volver a ellos a través de los recuerdos estampados por la luz.
«Y supongo que las cintas magnetofónicas, como las fotografías y los vídeos, son un intento desesperado de robar algo de la maleta de la muerte».
Mitch Albom, Martes con mi viejo profesor
El viaje, parte I
La ciudad
Algo tiene el verano que al pronunciar su nombre es como si el aire se llenase de una mística especial que renovase la promesa de vivir una época incomparable.
No sé qué es lo que hace el verano con la vida y con la gente pero nos llena y nos empuja a florecer, nos arrastra afuera, a poblar las terrazas y los parques.
Nos precipita hacia ese primer trago de cerveza helada que refuerza la idea de que el verano se parece a la vida, y la vida es precisamente la libertad que se paladea en ese efímero instante.
El verano era aquello que pasaba cuando el tiempo formaba parte de lo incontable; cuando todo sucedía en la calle, cuando la distancia se medía en pedaladas de bicicleta y los días se contaban en helados al sol, en piedras sobre las que saltar para poder cruzar al otro lado del río y en olas rompiendo en el mar mientras alguien muy querido te arropaba con una toalla en la arena.
El verano fue siempre un síntoma de esperanza, de que algo mejor, más grande e inolvidable estaba por venir para hacer empequeñecer al anterior.
Me pregunto en qué momento el verano dejó de ser lo que una vez fue; tal vez sea el hecho de que ya no tengo bicicleta, que los días se cuentan cada vez más con los dedos y menos con el corazón o que, simplemente, se cansó de intentar superarse a sí mismo.
Pero si hay algo que el tiempo no ha conseguido arrebatarle es el embriagador perfume de la brisa mientras cae la luz roja, naranja y amarilla con la que viste el mundo durante todas y cada una de sus tardes y noches infinitas.
Y mientras así sea, nos resultará muy difícil no soñar con renovar nuestra promesa, aunque nos sorprenda un poco menos niños, un poco menos libres, o ingenuos, un poco más solos y, quizá también, un poco menos felices.
Pero nos sorprenderá, a pesar de todo, siempre que le concedamos el permiso para hacerlo. Un año, y otro después del anterior. Porque el verano siempre tiene el poder de hacer algo especial con el aire y con la esperanza.
Tendemos a pensar que «todo pasa por algo», como si ese determinismo nos permitiese eludir la responsabilidad de aceptar que lo que sucede ha de ser así porque sí, sin más, como un caprichoso vaivén del azar. Sin motivo que lo justifique.
Como si lo que hacemos, o dejamos de hacer, no tuviese influencia directa en lo que nos pasa.
Pero hay veces que las cosas pasan aún a pesar de nosotros, por muy grandes que sean nuestras ganas o intensa nuestra convicción. Porque la vida, como buena y sabia maestra, tiene sus propios planes, sus leyes y normas y sus giros de guion inesperados. Y en ocasiones prescinde de compartir sus razones.
Esto del vivir no es más que una lucha por descifrar el código de lo que significa ganar. Un pulso a ciegas a la esperanza donde las certezas son poco más que un lujo escaso; algo así como un recordatorio constante de que junto al camino, no debes entonar jamás el «no puedo más y aquí me quedo».
Y mientras no resuelves ese enigma, porque no sabes o porque no puedes, vas cediendo tiempo y espacio a la pérdida, a la tristeza y a la soledad.
Perdemos por cobardía.
Por falta de empatía, o de amor, o de sensibilidad. O una mezcla de las tres.
Por no saber escuchar; por no saber respetar.
Perdemos por no estar preparados, o tal vez por no saber estarlo.
Por el peso de las expectativas.
Por las dudas. Por el miedo.
Por no atrevernos.
Por no saber.
Por no querer.
Por no abrirte, o por hacerlo demasiado.
Por torpeza. Por prudencia.
Por inseguridad. Por timidez.
Por recelo.
Por falta de cuidado, o de atención.
Por orgullo.
Porque no era el momento.
O, simplemente, porque sí. Porque las cosas pasan a pesar de nosotros. Porque a veces, simplemente, la ilusión no es suficiente. Porque arriesgarse no es garantía de que el pie que pongas delante del anterior no va a encontrar aire debajo. Porque el deseo es un anhelo impregnado de voluntad: un frágil intento por aferrarte a algo que no conoces, pero que has aprendido a identificar como un lugar en el que quizá merezca la pena quedarse.
Porque soñar resulta demasiado fácil cuando crees que puedes ser feliz.
Nuestras heridas son la herencia de las cosas que perdemos; de los recuerdos, perennes o efímeros, en la piel de nuestra memoria. De las expectativas rotas. Del mundo que quedó por descubrir; de las palabras que se quedaron por decir, de un abrazo robado o una mirada temerosa y furtiva. De las promesas de los días no vividos.
Mientras esto siga así, seguiremos acumulándolas porque no siempre ha de haber una razón por la que sucede (o no) algo, y el orden del mundo puede sacudirse sin preaviso, como una flor que se marchita de repente en la plenitud de la primavera. Hay preguntas que nunca hallarán su respuesta.
Las cosas que perdemos son aquellas que un día fueron o que pudieron llegar a ser. Aquellas con las que fantaseamos; a las que les colgamos la etiqueta de «ojalá». Las cosas a las que les concedimos el derecho y el permiso de hacernos sentir.
Sentir libres.
Vivos.
Las cosas que perdemos… son atardeceres en un cielo por el que un día soñamos volar.
Esta es la historia de un ideal, del espacio libre que dejas voluntariamente a tu costado porque hay algo en ti más grande que tú mismo, algo que merece la pena contar, algo por lo que merece la pena esperar.
La historia del asiento de al lado es una de esperanza, de un deseo ferviente por conocer lo que deparará el mañana; las ganas de soñar, de jugar a imaginar un pequeño trozo del futuro. Es un relato de elecciones, de múltiples pequeñas decisiones que revelan un propósito, un compromiso y un camino para alcanzar un destino en el que, tal vez, sólo tú crees.
Es también el reflejo de una promesa sincera, de la voluntad de llegar y de la fe ciega en conseguirlo. Es una mano tendida al aire impulsada por la lealtad a un sentimiento. Es un mensaje reconfortante para imbuir confianza, calma, sosiego y seguridad.
Es un cuento que nos narra una búsqueda, la más difícil y escurridiza de todas: la de la felicidad. Una defensa a ultranza del valor y aprecio de la compañía fiel y altruista y una muestra indeleble de tesón y corazón. De esfuerzo, perseverancia… entrega.
Una carta abierta a la ilusión.
Y de miedo. Miedo. Miedo e incertidumbre. Incertidumbre y dudas. Dudas y fragilidad. Fragilidad y, de nuevo, miedo.
De abrirte y hacerte daño.
De no saber, de no ver, de no sentir, de no estar.
¿Podrás ser capaz?
De arriesgar, sufrir y decepcionarte.
Tropezar. Caer. Levantarte. Volver a caer.
De nunca saber a ciencia cierta si podrás llegar.
O si podrás dar.
Inseguridad.
Vacío, distancia, soledad.
Pero, por encima de todo, la historia del asiento de al lado es la historia de una semilla, plantada en la tierra en un lugar que quizá no estuviese destinado a alojarla; semilla en la que alguien creyó porque, un día, se atrevió a imaginar en lo que podría convertirse.
Alguien que creyó en la semilla, en el agua y la tierra, y en su capacidad de enseñarle dónde encontrar sus raíces para impulsarla a brotar hacia el cielo, crecer, y gritarle alto que nada vive lejos de la esperanza y nada ni nadie crece sin mimo, tiempo, cuidado… y espacio para poder hacerlo.
La historia del asiento de al lado es la historia de mi vida.
¿Cómo comienza?
Comienza por el principio, en ese hueco que dejo libre a mi lado.
Las expectativas son columnas alzadas al cielo sobre las que apoyamos nuestros anhelos; son losas sustentadas por ideales, ideales que no son más que la materia que da forma a nuestros deseos.
Son metas: en ocasiones inalcanzables, en otras, simplemente, demasiado lejanas. Pero son también brújulas que nos guían a través de la oscuridad de los senderos de una vida por la que aprendemos a transitar conforme vamos dando pasos.
Romper una expectativa es desmigajar un sueño; es transformar en humo las frágiles certezas de nuestro pequeño mundo. No llegar, no ser lo suficiente, no haber sido, no haber estado, no haber dado.
Caer. Sentir, de nuevo, el peso asfixiante de la realidad.
Una expectativa insatisfecha en aquella merienda olvidada.
Hace diez años, cuando cambiaba de década, me dije a mí mismo que sería interesante escribirme una carta el día de mi cumpleaños para hacer balance de mi vida hasta entonces; para valorar quién era y dónde estaba, de dónde venía y hacia dónde iba… Luego, metería esa carta en un sobre, lo cerraría y no volvería a abrirlo hasta pasados cinco, diez años… y me reencontraría entonces con mi yo del pasado allá dondequiera que el futuro tuviese a bien guardarme un sitio.
Jamás lo hice, y siguiendo mi exasperante tendencia natural a la dejadez inconsecuente, me lo seguí repitiendo año tras año hasta que, sin darme apenas cuenta, me topé de bruces con una década nueva por estrenar y muchas ideas que se quedaron sin plasmar tras cada 9 de marzo en aquellas hojas de papel.
Nunca he dejado de mirar atrás y probablemente nunca deje de hacerlo, pero no tendría sentido ahora pensar en la carta que pude haber escrito a los veinte cuando no fui capaz de escribirla en los nueve años que vinieron después.
Mirar atrás, sin embargo, siempre me ofreció una visión reconfortante de lo que había sido de mí hasta entonces, no cabiendo en mí más que la alegría y el agradecimiento por todo lo que la vida me había ofrecido y deparado, y la esperanza de nunca dejar de sentirme tan sumamente afortunado.
Mi última vuelta al sol ha sido la más oscura de todas, y quizá por vez primera echar la vista atrás no me ofrece mucho más que dolor y pánico; me infunde una sensación de angustia y desesperación que amenaza con arrastrarme de vuelta a ese pozo negro del que aún no soy capaz de alejarme del todo.
Hace unas semanas despedía mis felices, únicos y últimos, años veinte rodeado de aquellas personas que han sido mástil y ancla en mis momentos más oscuros, que aun estando lejos he sentido cerca y que después de casi toda una vida (o una fracción de ella; ¡qué más da!) me han demostrado que gracias a ellas yo soy yo y estoy aquí por ello y, también en parte, por ellos. Y como ellas, muchas otras que por circunstancias no aparecen representadas pero sin las cuales el cuadro de mi vida no tendría la que, para mí, es la más perfecta y maravillosa paleta de color posible.
Con el cambio de hora abandonamos el letargo del invierno, los días grises languidecen ante la fuerza renovada de la luz del día y la vida le gana poco a poco la lucha a la oscuridad.
Marzo, mi marzo, me ha recordado que la vida está llena de pequeños y grandes momentos; de esperanza, sueños y promesas por cumplir y, por encima de todo, de una oportunidad continua para hallar la razón - o razones - por la(s) que siempre merecerá la pena alzar la mirada al cielo, respirar profundo y sonreír.
Que esta nueva década sea, como la puerta abierta de mi nuevo hogar, el umbral hacia lo que sea que tenga que venir; la siguiente etapa de esta aventura donde, espero, no me falten todas esas cosas preciosas que me han traído hasta este preciso e irrepetible instante.
Gracias; treinta años de veces de gracias.